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martes, 1 de julio de 2008

MIEMBRAS Y CARNE DE MIEMBRILLO por Arturo Pérez-Reverte




MIEMBRAS Y CARNE DE MIEMBRILLO




A la ministra española de Igualdad y Fraternidad, Bibiana Aído, que pasará a los anales de la estupidez nacional por lo del miembro, la miembra y la carne de miembrillo, le han dado en las últimas semanas las suyas y las del pulpo, así que no quiero ensañarme. Podría, puesto a resumir en dos palabras, llamarla tonta o analfabeta. Supongo que, ateniéndonos a su estólida contumacia cuando fue llamada al orden por gente respetable y docta, a esa ministra podrían irle como un guante ambos epítetos. Pero no lo creo. Quiero decir que no tengo la impresión de que Bibiana Aído sea tonta ni analfabeta. Por lo menos, no del todo. O lo justo. Lo que pasa es que está muy mal acostumbrada.

Bibiana Aído, que es de Cádiz, procede de esa nueva casta política de feministas crecida en Andalucía a la sombra del régimen chavista; que así, dándoles cuartelillo, las tiene entretenidas y goteando agua de limón. Esas pavas, que han convertido una militancia respetable y necesaria en turbio modo de vida y medro, no tienen otra forma de justificar subvenciones y mandanga que rizar el rizo con piruetas cada vez más osadas, como en el circo. La lengua española, que en este país miserable ha resultado ser arma política útil en otros ámbitos, les viene chachi. Por eso están embarcadas en una carrera de despropósitos, empeñándose, cuatro iletradas como son, en que cuatrocientos millones de hispanohablantes modifiquen, a su gusto, un idioma donde cada palabra es fruto de una afinada depuración práctica que suele ser de siglos, para adaptarlo por la cara a sus necesidades coyunturales. A su negocio.

Lo que pasa es que, en el cenagal de la política española, cualquier cosa viene de perlas a quienes buscan votos de minorías que, sumadas, son rentables. Sale baratísimo. Sólo hay que destinar unas migajas de presupuesto y darle hilo a la cometa. Así andan las Bibianas de crecidas, campando a su aire en una especie de matonismo ultrafeminista de género y génera donde, cualquiera que no trague, recibe el sambenito de machista. Y así andamos todos, unos por cálculo interesado y otros por miedo al qué dirán. Los doctos se callan con frecuencia, y los ignorantes aplauden. Incluso hay quienes, después de cada nueva sandez, discuten el asunto en tertulias y columnas periodísticas, considerando con gravedad si procede decir piernas cuando se trata de extremidades en una mujer, y piernos cuando se trata de un hombre. Por ejemplo.

En todo esto, por supuesto, la Real Academia Española y las veintiuna academias hermanas de América y Filipinas son enemigo a batir. Según las feminatas ultras, las normas de uso que las academias fijan en el Diccionario son barreras sexistas que impiden la igualdad. Lo plantean como si una academia pudiera imponer tal o cual uso de una palabra, cuando lo que hace es recoger lo que la gente, equivocada o no, justa o no, machista o no, utiliza en su habla diaria. «La Academia va siempre por detrás», apuntan como señalando un defecto, sin comprender que la misión de los académicos es precisamente ésa: ir por detrás y no por delante, orientando sobre la norma de uso, y no imponiéndola. Voces cultas, y no sólo de académicos –Alfonso Guerra se unió a ellas hace poco–, han explicado de sobra que las innovaciones no corresponden a la RAE, sino a la sociedad de la que ésta es simple notario. En España la Academia no inventa palabras, ni les cambia el sentido. Observa, registra y cuenta a la sociedad cómo esa misma sociedad habla. Y cada cambio, pequeño o grande, termina siendo inventariado con minuciosidad notarial, dentro de lo posible, cuando lleva suficiente tiempo en uso y hay autoridades solventes que lo avalan y fijan en textos respetables y adecuados. De ahí a hacerse eco, por decreto, de cuanta ocurrencia salga por la boca de cualquier tonta de la pepitilla, media un abismo.

Así que tengo la obligación de advertir a mis primas que no se hagan ilusiones: con la Real Academia Española lo tienen crudo. Ahí no hay demagogia ni chantaje político que valga. Ni Franco lo consiguió en cuarenta años –y mira que ése mandaba–, ni las niñas capricho del buen rollito fashion lo van a conseguir ahora. En la RAE somos así de chulos. Y lo somos porque, desde su fundación hace trescientos años, esa institución es independiente del poder ejecutivo, del legislativo y del judicial. Su trabajo no depende de leyes, normas, jueguecitos o modas, sino de la realidad viva de una lengua extraordinaria, hermosa y potente que se autorregula a sí misma, desde hace muchos siglos, con ejemplar sabiduría. De forma colegiada o particular, a través de sus miembros –que no miembras–, siempre habrá en esa Docta Casa una voz que, con diplomacia o sin ella, recuerde que, en el Diccionario, la palabra idiotez se define como «hecho o dicho propio del idiota».

sábado, 23 de junio de 2007

Lecturas para el Verano: Alejandro Magno y las Águilas de Roma, la última obra de Javier Negrete

Desde el 29 de mayo está en las estanterías de nuestras librerías esta Ucronía de Javier Negrete publicada por Minotauro, la obra empieza cuando Néstor salva la vida a Alejandro Magno tras ser envenenado, a partir de esa ficción nos encontramos con una novela histórica épica de como pudo ser nuestra historia si Alejandro hubiera seguido vivo y encaminara sus ejércitos hacía Occidente en pos de las riquezas de Roma. Al considerar a Javier paisano nuestro, trabaja como profesor de griego en el Instituto de Educación Secundaria Gabriel y Galán de Plasencia (Cáceres), me he alegrado al ver que su obra se encuentra entre los libros de Ficción más vendidos en España:

Los títulos más vendidos

FICCIÓN
Título
Semanas
Puesto anterior
1

La catedral del mar, de Ildefonso Falcones (Grijalbo)

56
1
2

El corazón helado de Almudena Grandes (Tusquets)

16
7
3

El cuento número 13, de Diane Setterfield (Lumen)

9
3
4

La sangre de los inocentes , de Julia Navarro (Plaza & Janés)

15
4
5

El pedestal de las estatuas, de Antonio Gala (Planeta)

14
5
6

Cien años de soledad, de G. García Márquez (RAE)

12
6
7

Los hijos de Hurin, de J.R.R. Tolkien (Minotauro)

9
2
8

Marina, de ECarlos Ruiz Zafón (Edebe)

3
10
9

Inés del alma mía , de Isabel Allende (Plaza & Janés)

1
-
10

Alejandro y las águilas , de Javier Negrete (Minotauro)

4
8


Me habían hablado muy bien y mucho de su obra, desgraciadamente aún no he conseguido el tiempo necesario para aproximarme a ella. Para este verano tengo reservados tres libros que me permitirán relajarme y disfrutar con el maravilloso mundo de la lectura. El primero de ellos es la última novela de las aventuras del Capitán Alatriste de Arturo Pérez-Reverte, Corsarios de Levante. La segunda lectura es la Biografía del doctor Negrín del Historiador Enrique Moradiellos, al cual considero cacereño al vivir y trabajar en nuestra ciudad y en cuya presentación compre el libro que tengo a buen recaudo. Y completo la trilogía literaria con la ucronía de Javier Negrete, Alejandro y la águilas de Roma.

Ya tengo comprados los tres libros y dentro de unos días, bajo la sombra, entre baño y barra, me sumergiré en ellos, espero abstraerme en ellos como cuando en la infancia descubría otros mundos imposibles en la novela de aventuras y ficción. La ficha de ésta primera novela recomendada para los calores venideros:

Editorial: Minotauro
Colección: Biblioteca de autor
Fecha de publicación: Mayo de 2007
Ilustrador: Pablo
Uría Díez
Diseño de portada: Alejandro
Colucci
Formato: 14 x 22,5 cm
Edición:
Cartoné con sobrecubierta
ISBN: 978-84-450-7648-4
Precio: 19'50 Euros

323 antes de Cristo. A los 33 años, Alejandro Magno, el mayor conquistador de la historia, está destinado a morir en Babilonia. Pero Néstor, un misterioso médico que dice haber sido enviado por el oráculo de Delfos, aparece en el instante preciso para salvar su vida.

Seis años después del intento de asesinato y tras casi dos décadas de incesantes campañas en Asia y Grecia, Alejandro ha vuelto sus ojos hacia las riquezas de Occidente. En su camino hacia el dominio del mundo conocido, sólo se interpone la mayor potencia militar de Italia, una ciudad que al igual que el propio Alejandro está convencida de la grandeza de su destino: Roma.

Es el momento de decidir quién ostenta la supremacía en el Mediterráneo, si las falanges macedonias o las legiones romanas. Los augures y profetas advierten de grandes catástrofes, pues el cometa Ícaro, que apareció al mismo tiempo que Alejandro volvía a nacer en Babilonia, crece noche a noche en el firmamento. Aún peor, los cálculos del extravagante astrónomo Euctemón predicen que, como en el mito, Ícaro se precipitará sobre la Tierra. Y mientras tanto, Alejandro y Roma se disponen a librar la gran batalla de la Antigüedad en las faldas del monte Vesubio.


¡Necesitáis algo más para correr a vuestra librería a comprarlo!

jueves, 7 de junio de 2007

Insultando, que es gerundio de Arturo Pérez-Reverte.


Llevaba tiempo intentado poner algo de Arturo Pérez-Reverte en el blog y creo que estos dos artículos publicados en la revista de fin de semana XLSemanal, que además de ser ilustrativos de "los tiempos que vivimos", son amenos y directos en un tiempo de circunloquios mesurados y "políticamente correctos":


PATENTE DE CORSO

Insultando, que es gerundio (I)

ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 13 de mayo de 2007


Cada vez nos ponen más difícil insultar a la gente. Dirán algunos que no hace falta insultar a nadie, y que cuanto más difícil lo pongan, mejor. Pero dudo que tan edificante argumento sea del todo riguroso. Tal y como anda el mundo, verse insultado –cosa que, por otra parte, a muchos les importa un pimiento– es el único precio que muchos hijos de la gran puta y no pocos tontos del haba acaban pagando a cambio de la impunidad por los estragos que causan. Escueto peaje, a fin de cuentas. Además, para los que somos mediterráneos, o de donde seamos, y se nos calienta con facilidad la boca o la tecla –al arriba firmante más la tecla que la boca, pero cada cual es muy dueño–, ésa es una manera como otra cualquiera de situarse ante las cosas. Háganse cargo: el insulto como punto de vista o como desahogo final, a falta de otras posibles contundencias. Ultima ratio rerum, etcétera. Ante ciertos ejemplares de la especie humana, a muchos el insulto nos fluye solo, espontáneo, natural como la vida misma. Aunque, en lo que a mí se refiere, y en términos generales, lo cierto es que sólo insulto por escrito. En la vida real, fuera de este gruñón personaje semanal cuyo talante, vocabulario y patente de corso me veo obligado a sostener desde hace casi catorce años –faltaría más, amariconarse a estas alturas–, soy un fulano más bien cortés. Gano mucho con el trato, dice mi editora.


Pero les decía que cada vez se hace más cuesta arriba insultar, y es cierto. Lo socialmente correcto exige encaje de bolillos para manejar el buen, sonoro, rotundo, inapelable, higiénico insulto de toda la vida. Uno ve en la tele a cualquier político español, por ejemplo, sin distinción de careto o ideología; y cuando salta como un tigre sobre el ordenador, dispuesto a expresar con el epíteto oportuno los sentimientos que le inspira, se encuentra hojeando desesperadamente el diccionario de la RAE en busca de algo que no hiera sensibilidades ajenas o produzca, ay, daños colaterales. Cosa cada vez más difícil. Y claro. Eso quita frescura al insulto que nos rozaba los labios, o la tecla. Anula toda espontaneidad y hasta le disipa a uno las ganas de insultar. Y la ilusión.


Calificar a tal o cual individuo de retrasado mental, por ejemplo, ya se ha hecho imposible. Si escribo por ejemplo –quedándome corto– que el presidente Bush de los Estados Unidos de América del Norte es un tarado, lloverán cartas de asociaciones respetables argumentando, con razón, que uso despectivamente una palabra que incluye casos dolorosos y conmovedoras tragedias humanas. Lo mismo ocurre si utilizo subnormal, anormal o A. Normal, como en El jovencito Frankenstein. El problema para quienes necesitamos contar cosas o expresar puntos de vista por escrito, es que las palabras y cuanto implican están hechas exactamente para eso; para aplicarlas a la realidad o a la ficción, describiéndolas del modo más eficaz posible. Y se hace muy difícil expresar de otro modo la estupidez, la tontería o la imbecilidad de un individuo al que pretendemos definir como tal. Dirán algunos que bastaría entonces, calificarlo de tonto, de idiota o de imbécil. Pero es que esas palabras significan exactamente lo mismo. Soplagaitas, por ejemplo, ya me lo han hecho polvo. Un insulto tradicional, clásico. De toda la vida. Un eufemismo, convendrán conmigo, muy aceptable para aplicar a quienes consideramos cualificados en el arte, no siempre fácil, de soplar otros órganos o instrumentos especializados. Lo usé hace tres o cuatro semanas, no recuerdo para qué, y acabo de recibir una carta –se lo juro a ustedes por mis muertos más frescos– de un gaitero asturiano o gallego, de eso no estoy seguro, afeándome la cosa. Una falta de respeto, argumenta. Ofensa para todos los gaiteros y demás. Ya ven. Nada comparable, eso sí, con otra carta recibida hace un par de años, de la que di cuenta en esta misma página, cuando unos vidrieros artesanos me reprocharon el uso de la expresión sopladores de vidrio como variante en lo de soplar. Aún me queda en la reserva, es cierto, soplacirios; o lo que es más bonito y más rotundo,sopladores de cirio pascual; pero mucho me temo que, en cuanto use un par de veces tan bella perífrasis, alguna asociación de sacristanes sin fronteras o congregación pía pondrá el grito en el cielo. Siempre me quedará París, es cierto: recurrir, sin ambages, al rotundo y algo explícito soplapollas. Pero tampoco estoy muy seguro de que eso no extienda el círculo de damnificados. O damnificadas.

Insultando, que es gerundio (II)

ARTURO PÉREZ-REVERTE | XLSemanal | 20 de mayo de 2007


Les contaba la semana pasada lo difícil que se va poniendo insultar cuando lo pide el cuerpo; incluso aludir despectivamente a algo que detestas o desprecias, y hacerlo sin vulnerar los cada vez más estrechos límites de lo socialmente correcto. Mencionaba los casos reales de lectores gaiteros –todo es compatible en XLSemanal– indignados cuando utilizo de modo peyorativo, que es casi siempre, la eufemística palabra soplagaitas. O la documentada carta que me dirigió hace un par de años una empresa de artesanos vidrieros afeándome el uso de sopladores de vidrio. Y es cierto que así están las cosas. Ya ni hijo de puta puedes decir impunemente, pues se revuelven como gato panza arriba las señoras del oficio, o –una madre es una madre, al fin y al cabo– su muy digna descendencia. Para quienes necesitamos describir, contar o interpretar el mundo por escrito, el problema reside en que, si aplicásemos al pie de la letra tan restrictivas interpretaciones, sería imposible utilizar palabras descalificadoras o peyorativas, pues siempre habrá un sector de población incluido en ese término, aunque el significado de uso concreto, y evidente, lo deje fuera del asunto. Decir que Ignacio de Juana Chaos, verbigracia, es un canalla y un psicópata será discutido por muy poca gente honrada, excepto –y con razón, claro, desde su punto de vista– por aquellos innumerables canallas y psicópatas que no son, como ese mierda de individuo, conspicuo gudari de la patria vasca, miserables asesinos.


Tanta y tan exquisita sensibilidad, tanto sarpullido tiquismiquis por el uso de una de las lenguas más cultas, ricas y complejas del mundo, embota mucho los filos de la eficacia expresiva –y luego quieren algunos que tengamos estilo–. Imagino que a una mala bestia analfabeta que debe farfullar en el Congreso o en el Senado, sin las más elementales nociones de vocabulario imprescindible, gramática u ortografía, por qué aprueba o niega tal o cual presupuesto, o a un concejal que, previo engrase ladrillero, se cambia de partido y vota la recalificación de algo, no les debe de producir esto demasiados quebraderos de cabeza: cuantos más lugares comunes y más política y socialmente correcto sea todo, mejor. Más votos. Pero a quienes vivimos de darle a la tecla y contar cosas a base de perífrasis, retruécanos y cosas así, nos lo están poniendo crudo. Decir que alguien es aburrido, un insufrible coñazo, por ejemplo, puede echarte encima, cual panteras desaforadas, a las feminatas que anden buceando en la etimología del palabro. Hasta el adjetivo histérico, usado de modo peyorativo, terminará siendo mal visto; pues viene de la palabra griega ístera, que significa matriz. Y con el machismo opresor hemos topado. Etcétera.


Sin olvidar, claro, los nacionalismos, localismos, paletismos y otros ismos de lo mismo. Que ésa es otra. No ya porque gallego, verbigracia, tenga una variante de uso despectivo en algunos lugares de la América hispana –deberían ir los de la Junta correspondiente a reclamar allí, en vez de tocarle los huevos y las matrices a la Real Academia Española–, sino porque, tal como anda el patio, uno está expuesto a todo. Si escribo tonto del culo puedo dar pie a protestas, por supuestas alusiones, de algún afectado por la incómoda –y sin duda honorabilísima– dolencia de las hemorroides. Si recurro al viejo insulto de mi tierra, castizo de toda la vida –que tiene incluso variante familiar y cariñosa–, maricón de playa, me expongo a que cuanto maricón frecuenta el litoral hispano en temporada veraniega ponga el grito en el cielo y me llame perra. En cuanto a epítetos de uso diario, cada vez que escribo capullo lo hago temiendo, de un momento a otro, que alguna cooperativa levantina de criadores de gusanos de seda escriba mentándome a los difuntos. Y cuando digo tontos del haba o tontos del ciruelo agacho las orejas en el acto, esperando el ladrillazo de alguna cooperativa hortofrutícola, murciana por ejemplo, donde el haba, o más concretamente las habicas tiernas, son como todo el mundo sabe cuestión de orgullo patrio. Y para qué decirles si se me ocurre calificar, por ejemplo, a alguien de enano: mental, físico, intelectual o lo que sea. No les quepa duda de que, al día siguiente, el buzón rebosará de cartas enviadas por alguna asociación nacional de enanos, incluida la banda del Empastre y el Bombero Torero, llamándome desaprensivo y fascista. Y hablo casi en serio. O sin casi. Hace tiempo comenté en esta página la carta indignada que, tras calificar de payaso a un político, recibí de una oenegé llamada –lo juro por mi santa madre– Payasos sin Fronteras.

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